viernes, 15 de febrero de 2008

Los que se van...

Aún lo recuerdo como si fuera ayer. Los primeros pasos en la carrera. Las aulas se veían tan grandes, aunque pensamos seguramente, no lo suficiente para que quepa el ego de algunos y algunas.

Cada paso que dimos nos aseguraba nuestro peor temor… esta era la carrera para nosotros. No nos habíamos equivocado.

Desde entonces son tantas las heridas soportadas en los mismos muros, en los mismos pasillos, en las mismas aulas, acompañado de la misma gente. Tragedias familiares, embarazos, matrimonios, inseguridades, rompimiento de relaciones, contradicciones de personalidad y inclusive “paranoias liberales argentinas”

Nada quedó intacto. Todos nos vimos alterados, cambiados de una manera u otra por la persona a lado nuestro. El dolor que sentimos, por cualquier problema que hayamos tenido, se desprendía de nosotros con la desagradable fuerza de un perfume barato.

Y como un perfume barato, se impregnó en aquellas almas que nos rodeaban muy cercanamente. Y es que, como podía ser de otra manera, si eran siempre las mismas caras que nos saludaban con el entusiasmo de siempre. Ya resulta familiar, como llegar a casa.

Puede que no conozcamos a nadie más como las personas que aquí conocimos. Puede no conozcamos a nadie más, así como llegamos a conocerlas las personas de aquí.

Es demasiado. Solo puede entrar en nosotros lo que hicimos y debimos haber hecho. Pero de nada me arrepiento. Y es que no vale la pena cuando he conocido a gente tan valiosa. Cuando soy mejor después de haberlas tenido en mi vida. Cuando sé que siempre estarán conmigo las cosas que viví junto a ellas. Esas, las personas que se van, son de esos ausentes que nunca parten, no realmente.

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